HPG

Fuerzas de defensa del pueblo de Kurdistán

Exaltar la memoria de nuestros mártires y combatir bajo su mando es nuestro deber irrenunciable

 Para nosotros, el décimo año posee una característica particular: nuestros mártires, entrelazados como una cadena hasta formar un anillo que rodea toda nuestra existencia partidaria, nos permiten alcanzar los verdaderos valores revolucionarios que constituyen su espíritu y nos advierten de que debemos protegerlos y fortalecerlos siempre. Mientras, por una parte, corregimos nuestros errores y equivocaciones como exige nuestra fidelidad a su memoria, nuestros mártires son los valores de vida que nos obligan a acercarnos a la verdad más que nunca, refuerzan continuamente nuestro sentido de responsabilidad, deben ser respetados siempre y deben prevalecer en cada instante de nuestra vida.

No todo el mundo puede arrogarse a los mártires; sus verdaderos dueños son ellos mismos. Solo en la medida en que seamos sus portavoces firmes adquiriremos también el derecho a mantener viva su memoria. Este es uno de los asuntos más manipulados de la historia. Especialmente en los procesos revolucionarios, no son pocos quienes distorsionan su memoria, extraen conclusiones contrarias a los objetivos por los que combatieron y, de ese modo, los convierten en material para sus propios intereses. No es en vano que la institución del martirio sea recordada y relatada como un valor surgido a lo largo de toda la historia humana y en importantes procesos de desarrollo, ni que en sus aniversarios se presten con frecuencia juramentos de fidelidad. Es una razón para luchar.

Como puede verse en cada momento de la lucha de clases y de las luchas de los pueblos, también aquí se libra de manera generalizada una batalla de contrarios. Así como hay quienes se acercan a ellos por sus propios intereses reaccionarios personales, familiares e incluso estrechos y egoístas intereses de clase, también hay quienes extraen de ellos conclusiones para toda la humanidad y los ponen al servicio de la humanidad, la igualdad y la justicia. Cuando examinemos esta institución con mayor atención, veremos realmente que la memoria de quienes sacrifican su vida por objetivos importantes constituye el punto culminante de la lucha. Por tanto, queda claro que recordarlos de manera revolucionaria, en vez de reaccionaria, es una necesidad de la lucha.

La seriedad de este movimiento procede de la coherencia de sus objetivos y de la disposición de sus miembros a sacrificar sin vacilar su vida, su bien más preciado, por el éxito de esos elevados objetivos. Si queremos saber hasta qué punto una organización es coherente, debemos observar si sus miembros están dispuestos a afrontar toda clase de dificultades, tanto en condiciones cómodas como difíciles, y, cuando sea necesario, a morir por ello. Si esto se entiende realmente así y la práctica avanza en esta dirección, entonces esa organización es muy seria. Pero si sus miembros son de quienes se abalanzan rápidamente sobre los valores en días de prosperidad* y comodidad, para dispersarse como polluelos asustados en los días difíciles o ante la menor presión, puede afirmarse con certeza, digan lo que digan, que son peligrosos, que en luchas elevadas como la causa de los pueblos no debe ponerse en sus manos nada que requiera confianza y que son incapaces de cumplir sus exigencias.

Si hay quienes mueren por una causa, esta es digna de ser exaltada. Sobre todo cuando no se considera una obligación forzosa, sino el cumplimiento de un deber necesario con gran tranquilidad de conciencia, y el camino se recorre de buen grado aun cuando al final aguarde la muerte; eso es por sí solo la verdadera medida de la grandeza de aquel movimiento y de aquella persona. Lo mismo ocurre con las naciones, y existen innumerables ejemplos que demuestran que también es así para el internacionalismo. Cuando una nación es atacada o avanza hacia la disolución, si sus miembros no pueden adelantarse ni exigir cuentas, y se conforman con murmullos y lágrimas, si precisamente de ese modo consideran suficiente una vida rastrera propia de esclavos, esa nación y sus miembros se han hecho merecedores de condena. Nadie toma en serio ni respeta a tales naciones. Por muy intensa que sea la opresión ejercida sobre ellas y por muchas injusticias de las que sean víctimas, quienes vacilan en levantarse por su propia libertad merecerán siempre ser recordados como un ejército de esclavos y contemplados con repugnancia.

Por consiguiente, aquí debe trazarse una distinción muy clara. Quienes hablan sin cesar en nombre del Liberacionismo Nacional pero no poseen en realidad ni una sola gota de sangre que entregarle merecen ser recordados con condena, no poder presentarse entre la humanidad por esta razón y morir mil veces al día de vergüenza; este es el calificativo que mejor les corresponde. Siendo esto así, nada puede resultar más repugnante que ver aparecer entre el pueblo, como si fueran combatientes por la libertad, a quienes no pasan de hablar extensamente de la opresión nacional, derramar lágrimas mencionando la abundancia de injusticias y producir frases demagógicas. No se cae en otro error tan peligroso como dejarse engañar por su demagogia.

Por esta razón, en causas históricas importantes como las causas nacionales existen enormes diferencias entre los enfoques y prácticas de quienes sostienen esas actitudes demagógicas, que en realidad solo traen mayor esclavitud a la liberación de las naciones, les hacen vivir una psicología de derrota más profunda y preparan un entorno más propicio para la descomposición, y los de quienes saben que la capacidad de vivir de una nación es proporcional al sacrificio de uno mismo, sin vacilación, por su lucha de libertad y deciden participar en la guerra —da igual que al principio sea una sola persona y al final sean millones—. Si se desea contribuir a esta causa, que debe alcanzar resultados, no cabe imaginar un deber más honorable que no vacilar en esta cuestión y demoler la demagogia del bando contrario. Las valoraciones de quienes adoptan un enfoque noble ante la historia deben ser así. Tanto sus prácticas como los innumerables ejemplos vividos en la historia nos piden actuar de esta manera y nos lo presentan como un valor moral al que debemos permanecer fieles. La historia nos enseña con innumerables ejemplos que todos los pueblos y clases que alcanzaron la victoria actuaron sobre esta base.

En lugar de comprender de este modo las reglas de lucha que subyacen al combate continuo por el desarrollo y la elevación desde las primeras etapas de la familia humana hasta hoy, debe trazarse una distinción muy firme entre quienes llevan la ruptura entre realidad y palabra a sus extremos, utilizan la palabra para ocultar las realidades y de ese modo quieren engañar a la tribu, el pueblo y la nación a los que pertenecen, haciéndolo para proteger los estrechos intereses y la vida sencilla de aquel período, y quienes se oponen a ellos. Llamar la atención sobre todos sus peligros y permanecer tan sensibles frente a ellos como frente a las fuerzas que ejercen la opresión y desarrollan la injusticia son condiciones indispensables para hacer avanzar la causa a la que hemos aportado nuestra valiosa existencia. No necesitamos estudiar largamente la historia en estas cuestiones. Esta es una ley del desarrollo; ninguna distorsión de poder alguno puede eliminar la existencia de semejantes procesos.

Se sabe que el pacifismo procedente de diversas religiones y la búsqueda de la salvación en el otro mundo, junto con toda clase de colaboracionismo y servilismo empleados para preservar ciertas posibilidades actuales de vida extremadamente limitadas, han tratado de mantenerse vivos de diversas maneras por parte de miembros de la contrarrevolución, desde convertirlos en doctrina hasta presentarlos ante nosotros como un carácter. Esta tendencia, no menos que la orientación correcta, es un enfoque que busca dominar el desarrollo de la humanidad. No dejarse engañar por ella y encontrar la verdad solo demuestra que una personalidad es realista, honrada y virtuosa. Los círculos que hemos mencionado siempre querrán mostrar las realidades de otra manera. Su interés consiste en pasar por alto las realidades históricas de ese modo. Por esta razón, siempre hay que conocerlos bien y establecer una distinción muy firme entre nosotros y ellos.

Sin hacer permanente esta distinción, no podremos impulsar mucho la lucha por la igualdad contra la opresión y la injusticia que tanto criticamos. Si queremos que surjan grandes personalidades también entre nosotros, reviste una importancia inmensa librar una lucha formidable contra el oscurecimiento y encubrimiento que estas personas hacen de las realidades en las que vivimos. Al intentar iluminar nuestra propia realidad, siempre que permanezcamos dentro de este enfoque fundamental, nos acercaremos más a la verdad y podremos conducir nuestro curso con mayor firmeza.

En la década de 1970, mientras nos acercábamos a la realidad con todas nuestras fuerzas, había una diferencia tan grande como el monte Ararat entre la postura que adoptábamos y los falsos acercamientos a la realidad de quienes estaban en condiciones de ver las realidades aún mejor que nosotros. Su aproximación a las realidades presentaba una estructura enfermiza, desde entregar su espíritu al poder colonial ante sus más pequeños martillazos hasta convertir sus cerebros en algo canceroso, llegando al punto de perderse a sí mismos. Extraímos conclusiones importantes de estos ejemplos. La más importante fue que el pueblo era el dueño de la verdad. Esto pretende defender los valores del trabajo popular y desarrollar los valores nacionales. Era importante verlos y defenderlos así. Al principio, hacerlos prevalecer en todas partes sin vacilación y con la máxima determinación, utilizando todos los medios disponibles, fue una irrupción tan necesaria y significativa como la lucha en el frente caliente de la guerra.

Abordar la guerra al principio en el nivel de captar las realidades tenía una gran importancia para determinar lo posterior y asegurar su desarrollo sano. También constituía un comienzo importante para determinar los acontecimientos subsiguientes. Aquí aparecía la gran importancia de la lucha entre nosotros y los demás. Trazar una diferencia entre la postura que ve las realidades y está dispuesta a traicionarlas en todo momento, y la que cumple tanto la exigencia de verlas como la de defenderlas, es tan importante como alcanzar la victoria en la revolución.

Después de establecer estas definiciones, examinaremos el papel de los mártires, que prueba nuestra visión. Nuestras palabras son prueba de nuestra fidelidad y expresan una realidad; como dueños de estas palabras, en los momentos más difíciles y en un entorno de impotencia inmensa, sobre un terreno donde el salvajismo parecía campar a sus anchas y las personas carecían de medios de lucha salvo apoyarse en su corazón, los mártires fueron los mayores representantes de las realidades. Por muy incompleta y engañosa que algunos quieran mostrar esta verdad y por muy deficientes que sean sus enfoques, la verdad misma es así. Si se desea definir a los mártires, ellos son los acontecimientos en los que, durante semejante período —y al menos en muchas victorias conquistadas después—, la victoria quedó simbolizada en su existencia. Tampoco hay que verlos como individuos: son una institución. Porque en un momento en que millones eran víctimas de la vida más equivocada y en un período en que se vivían plenamente todas las formas de traición, fueron las personalidades obligadas a ser portavoces de la verdad y, si era necesario, a vivir proclamándola en solitario. Actuar así no es tarea fácil, como muchos suponen. Hoy muchas personas lo entienden de ese modo o caen con frecuencia en el error de creer que es así.

Señalemos de inmediato que esta es una de las vidas más difíciles. Si deseamos dar sentido a nuestras resistencias libradas hoy en todos los ámbitos, no bastará con recurrir únicamente a ejemplos del mundo. Cuando abordemos esta comprensión dentro de nuestra posición histórica propia, intentemos comprender lo sucedido hasta el presente y adoptemos una postura a favor de lo correcto, podremos dar sentido a todos nuestros valores y alcanzar una definición acertada.

Al comienzo de estas definiciones resulta muy claro que estarán quienes constituyen la cima de esta lucha, quienes, como si consagraran su propia existencia, gritan «esta es la verdad», y que no habrá otro valor, institución o lucha más deslumbrante ni que conquiste más el desarrollo. Por eso, los primeros mártires de una causa demuestran su coherencia y su marcha hacia la victoria. También muestran que se ha colocado el mortero fundamental de esa causa y que, por muy desarrollados y fuertes que sean el desequilibrio inicial de fuerzas y el carácter encubridor de la realidad del entorno demagógico, nuestros valores de lucha se desarrollan en proporción inversa. Los mártires, que forman la cima de todo este ascenso, son el mayor acontecimiento para superar aquel desequilibrio de fuerzas, destruir ese entorno y obtener el derecho cada vez más irresistible al desarrollo de las victorias sucesivas de la verdad. Aquí no es posible obtener resultados disparando a alguien, pronunciando muchas palabras ni utilizando los diversos métodos que conocemos para generar influencia.

Aquí hay que hacer algo muy claro para los pueblos. Es esto: por muy adversas que sean las condiciones, algunas personas sacrificarán inevitablemente su vida para que el pueblo conquiste sus derechos fundamentales. Un paso de esa clase despierta a los pueblos y los pone en pie con una fuerza mil veces mayor que la que podrían proporcionar todos los medios de influencia. Este es el enorme poder de avance realizado por los mártires. Cuando hoy se examinan las causas históricas, se verá que quienes se consagraron en sus primeras salidas son recordados continuamente y que condicionaron el desarrollo posterior de esas causas. Estos primeros mártires de nuestro partido son nuestros verdaderos valores de combate: concentraron en nuestras manos una fuerza tan grande que no habríamos podido concienciar ni despertar al pueblo con ningún otro medio, crearon en nosotros la capacidad de caminar, nos llevaron a defender nuestras realidades con mayor firmeza y dieron la orden de continuar la lucha. Esto es así si sus seguidores y portavoces no cayeron en el desaliento ante ese gran acontecimiento y aseguraron su firme fidelidad a ellos. Pero si sus compañeros de camino, al ver la primera sangre derramada, exageraron en ella la fuerza del enemigo, hicieron demagogia sobre por qué no se podía resistir al enemigo y, sobre todo, hicieron que su propio yo la aceptara, la traición había comenzado. Por tanto, allí comenzó también la derrota. Así, del mismo modo que un enfoque correcto del martirio es un criterio fundamental de victoria, acercarse a él de manera errónea, deficiente y desalentada es el comienzo de la traición y la derrota.

Cuando prometimos fidelidad a la memoria de nuestros primeros mártires, empezando por el compañero Haki KARER, tratamos de comprender y explicar las realidades de este modo. Sabiendo que la fidelidad más significativa a la memoria de nuestros mártires consistiría en exaltar todavía más su causa y cumplir nuestras tareas sin demora, abrazamos los deberes con este entendimiento. Sobre esta base pudimos atrevernos a proclamar y construir el PKK. No debe olvidarse que avanzamos en esta dirección después de ver cuál era el paso revolucionario más correcto que había que dar, sin ignorar ningún efecto secundario ni condición, para no encontrarnos bajo la gran memoria de nuestros primeros mártires ante una situación aplastante y no aceptar el derrumbe moral y el desaliento que provocaría un enfoque equivocado hacia ellos. Como resultado surgió el programa de nuestro partido. ¿Qué significa este paso? Significa transformar la fidelidad a esta memoria en la proclamación de un partido. Para ello realizamos una actividad práctica intensa. Antes de que transcurriera siquiera un año desde la redacción del programa, proclamamos el partido. Así como este acontecimiento reveló hasta qué punto el martirio era poderoso, también demostró que esta era la vía firme para responder correctamente a aquellas memorias.

Mientras avanzábamos hacia la proclamación del PKK, nuestro nivel de conciencia se desarrolló. Agudizó nuestra conciencia hasta permitirnos plasmarla en el Manifiesto, y aumentó nuestro número de miembros. Pero hay que afirmar de manera constante que nada de todo ello tenía por sí solo un peso suficiente para conducirnos a proclamar un partido; el medio fundamental para intensificar su efecto y transformarlo en una estructura sólida fue una vez más la sangre de esos mártires, y lo que debía hacerse era precisamente aquello que no los ignoraba ni los contradecía. Después de realizar una proclamación tan elevada, quienes quieran seguir el camino de los mártires pueden derramar tanta sangre como quieran, desarrollarse cuanto deseen y desplegar toda clase de esfuerzos por esta causa. Porque todos estos acontecimientos encuentran aquí su sentido y abren desde aquí el camino de la nueva vida. ¿Qué significa todo esto? Los recuerdos se renovaron y fueron defendidos sobre una base correcta. Por muchas dificultades que haya, por mucha tiranía que se aplique y por mucho que se pretenda ahogar el entorno en demagogia, se han revelado valores a los que se permanecerá fiel hasta el final en la medida en que se desarrolle una teoría y una visión. Se mostrará y aceptará que, además de ser la clave de nuestro desarrollo, esto fue un valor de carácter fundamentalmente determinante en el posterior aumento de los partidarios y pioneros del PKK y en el levantamiento de las masas.

Vimos con gran claridad, tanto en nuestra propia práctica como en otras, la falta de sentido de enfoques diferentes hacia los mártires. No sirve de nada limitarse a recordarlos con ojos llorosos y proporcionar algunas facilidades adicionales a sus familiares. Este tipo de enfoque está extendido en nuestra sociedad. A los familiares de quienes protagonizaron esos acontecimientos se les presta apoyo material y se les ofrecen obsequios, y otros derraman lágrimas con ellos. Esto solo sirve para salvar el presente, no para preservar el sentido de la fidelidad a los mártires. Desde el principio no favorecimos semejantes enfoques. Mantuvimos esta postura en todos nuestros casos posteriores de martirio. No vimos el martirio como una cuestión de derramar una lágrima por los muertos o consolar a sus familiares. Porque nuestros mártires son nuestros verdaderos valores vivos. Aunque no estén físicamente entre nosotros, mediante su espíritu y conciencia se han institucionalizado y se han transformado en un ejército vivo de combatientes.

Por eso decimos que nuestros mártires son nuestros verdaderos valores vivos. Nosotros somos únicamente los combatientes en movimiento bajo su elevado mando. Esta definición no es una exageración. Si entendemos la vida como la concentración de ideas revolucionarias correctas —que corresponden a realidades importantes—, ¿qué sentido podría tener otra clase de vida? Que nuestra existencia física conserve su vitalidad, que se muevan nuestros brazos y piernas y funcionen nuestras emociones no tiene significado alguno. Si no reducimos la vida a una comprensión de nivel tan bajo y hemos emprendido el camino con un objetivo como recrear una sociedad y producirla de manera revolucionaria, aceptaremos que dentro de estos objetivos los mártires son los seres más valiosos y, por tanto, los verdaderamente vivos. Entenderemos el sentido de exaltar aún más la vida como multiplicar aún más a los mártires y esto, a su vez, como que los primeros mártires se transformen en un ejército. Al mismo tiempo, esto significa escoger el único camino correcto en la formación de un ejército, el camino que conduce a la victoria.

Miremos las guerras libradas por todos los pueblos y naciones: se acercaron de ese modo a sus realidades y vieron la victoria a medida que multiplicaban a sus mártires. De lo contrario, siempre fueron derrotados, aplastados y condenados. Entonces, el aumento progresivo y encadenado de nuestro avance de mártires no es otra cosa que nuestros mártires transformándose en un ejército. Lo que hacemos nosotros es únicamente ser portavoces de sus demandas. Si se observa con atención, este es el punto al que todos hemos llegado hoy. Aquí aparecen la verdad y la vivencia de nuestro recuerdo de los mártires. Algunas personas pueden defender aquí una vida de nivel muy bajo frente al partido. Sin embargo, estén donde estén, quienes forman parte del PKK y son verdaderamente fieles a la memoria de los mártires no viven para sí mismos y están dispuestos en todo momento a sacrificar su vida por esta lucha.

La prueba concluyente de que nuestro partido se formó sobre la base de la fidelidad a la memoria de los mártires es la práctica que hemos vivido. Esto significa también acercarnos correctamente y en su totalidad a nuestras realidades, cambiarlas en una dirección progresista y revolucionaria, organizarnos para ello, convertirnos en militantes intrépidos de esta organización, profundizar en el pensamiento y agudizarnos en la práctica. Sabemos que la intensificación continua de estos efectos constituye el desarrollo de la resistencia nacional. Es la maduración del núcleo del PKK. Todo esto significa asimismo la formación política y militar del pueblo como ejército. Cuando hablamos de que los mártires se convierten en ejército, queremos subrayar que son valores que, como una cinta roja, una arteria principal y una columna vertebral, articulan, unen y dan vida a toda nuestra existencia de principio a fin.

Si entendemos la fidelidad a los mártires diciendo «una parte de nosotros se desgarró, nuestro cuerpo quedó hecho pedazos y ya es imposible revivirlo» y nos acercamos a ellos de ese modo, probablemente habremos cometido contra ellos uno de los mayores insultos incluso antes que el enemigo. Hay que decir que atreverse siquiera a ello constituye por sí mismo una inmoralidad. El hecho de que quienes viven de la manera más intensa con nuestros mártires y están entrelazados con ellos vean la victoria y la vida en la memoria de los mártires demuestra con claridad hasta qué punto nuestro recuerdo es correcto. Sabemos muy bien cuánto se aflige y entristece nuestro pueblo incluso por la pérdida de los valores más sencillos. Pero mientras se entregan tantos mártires en el PKK, también somos testigos de que nuestro pueblo solo los critica preguntando: «¿No podían actuar con más cautela? ¿No podían extenderse más y aumentar su aportación a la lucha?» Nuestro pueblo no acepta de ninguna manera otra vida. Solo acepta la partida por estos elevados objetivos. Hoy se ha hecho evidente que nuestro pueblo actúa así ante la memoria de nuestros mártires, y esto es otro avance que nos infunde un valor considerable. Está claro que un pueblo como el nuestro, dispuesto a entregarlo todo para no abandonar sus seres más preciados bajo ninguna circunstancia, se acerca a los casos de martirio que se desarrollan bajo nuestras condiciones con gran respeto, fidelidad y una comprensión aún mayor del sacrificio, y brinda su apoyo. Esto demuestra que nuestros mártires expresan la vida verdadera de nuestro pueblo, la reviven y encuentran en él su propio eco.

Por tanto, si no pensamos estrechamente sobre el martirio, si no lo contemplamos únicamente en términos de la existencia física y los recuerdos de los individuos, y si nos acercamos a él como acontecimiento político y revelación de las realidades, como cuestión de lucha de clases y nacional, veremos que en realidad quienes viven siempre entre nosotros son los propios mártires. Quedará claro que quienes viven a un nivel inferior —incluso quienes, dentro o fuera del partido, entienden la vida de manera estrecha y superficial, como medio de salvar el presente, y han negado cien mil veces sus propias realidades— son los muertos más putrefactos. Con un enfoque más correcto, mientras la vida verdadera se concentra en torno a los mártires, se verá que lo que se reproduce en el aliento y el cerebro de los demás es un proceso canceroso, y que esta es la peor de las muertes.

Nosotros no abordamos la vida como la impone hoy el enemigo. Lo que impone el enemigo es el fascismo. Lo que se presenta como vida es, en realidad, la muerte misma. Cuando una persona apaga un poco su aliento ante esta imposición, cuando lo hace en un nivel algo moderado, entiende tal cosa como alcanzar una buena vida de clase media. Semejante postura no significa otra cosa que aceptar el fascismo. Pero cuando nos concentramos y miramos las realidades, vemos que la vida en la que se ha arrojado a la sociedad, lejos de ser vida, es verdaderamente la peor de las muertes. Puede decirse que tal vida es mil veces peor que la muerte. Una vida marcada por el fascismo es una vida cancerosa. Hoy se afirma ampliamente que en la sociedad se desarrollan efectos semejantes a los del cáncer. Por mucho que avance esta característica, la lucha contra ella es también la lucha por eliminar el cáncer. Así se muestra que nuestros valores vivos son la mejor vacuna contra este cáncer. En este sentido, nuestros mártires son una vacuna para tratar los estados más enfermizos en los que se ha arrojado a la sociedad. ¿Qué significa esto? Significa revelar la medicina que devolverá a la sociedad su auténtica vida libre. Este es el sentido que nuestros mártires expresan para toda la sociedad.

Mientras hoy tratamos de hacer avanzar a toda la sociedad hacia una vida democrática, también revelamos la existencia de una gran verdad histórica y una gran conquista para la humanidad al demostrar que esta no está obligada a vivir como quiere el fascismo, que es un ser tan elevado como para proclamar su propia superioridad, que esto se concreta en el PKK y que allí se representa de la manera más cercana y, cuando es necesario, en solitario y bajo las condiciones más difíciles. Estas no son realidades ni representaciones simples. Tampoco pueden evaluarse únicamente como representaciones que hacen fracasar las imposiciones actuales del fascismo. Son valores cuyos efectos abarcarán siglos. Tal es el verdadero valor de nuestros mártires en nuestra lucha.